Los portadores del fuego

Por: José Urriola

No sé si ya habrán visto ustedes esa bofetada hecha película llamada The Road, inspirada en el libro de Cormac McCarthy. No sabría decirles si la película es buena, tampoco si la recomendaría, simplemente les digo que les hará daño. Que se trata de una pesadilla postapocalíptica que lo tiene a uno durante dos horas al borde del asiento (también del abismo) y con el estómago vuelto una ciruela pasa.
La máxima de Thomas Hobbes: “el hombre es el lobo del hombre”, se pone a rodar en un mundo que no se nos explica qué lo llevo a ese estado, sólo sabemos que es espantoso, sin árboles, animales ni comida, que hace cada vez más frío e impera la ley de “El Gran Miedo”: el canibalismo. Y en medio de ese desastre, de la más gélida desesperanza, todo un monumento al horror monocromático y a la esterilidad, un padre y su hijo recorren la carretera en dirección al sur.
El padre (qué pedazo de actor que acabó siendo Viggo Mortensen) intenta inculcarle a su cachorro durante el trayecto todo un sistema moral que pareciera estar absolutamente divorciado del mundo que les ha tocado sobrevivir. “Nosotros somos los buenos, nosotros no comemos gente, nosotros somos los portadores del fuego”. Mientras tanto el mundo allá afuera es la clara evidencia de que Dios apagó las luces, cerró la puerta, puso el candado y botó la llave por una alcantarilla (no sea cosa que alguien entre, a esta hora, y con la casa tomada, diría Cortázar)
En la medida en que Viggo y su hijo recorren la carretera –y tú, como una mochila, colgando atrás- uno se va dando cuenta de que al papá la vida le ha ido poniendo la piel gruesa y que no se cree tanto lo que predica, porque en un mundo de lobos el que no es capaz de sacar los colmillos y actuar como macho alfa es comido crudo junto a toda su camada; el problema es que su pequeño, con la manita en el pecho, sí se cree entero el cuento del fuego.
No sé por qué será, la verdad, que a algunos nos fascina todo el asunto apocalíptico y distópico. A veces creo que es porque allí late una advertencia o una cura para que el mundo se salve y nunca llegue a semejante nivel de patetismo. Otras veces creo que es por catarsis, porque el idiota egoísta que a todos nos habita respira aliviado y dice: “nosotros estamos jodidos, pero los que vienen después van a estar peor”. The Road es como una cabilla oxidada que remueve ese avispero.
No cometeré la aberración de contarles el final de la película. No lo haré, no sólo porque me parece asunto de mal gusto, sino porque quiero que la vean. Mentira, lo que quiero es que la sufran, igualito a como me la sufrí yo. Sólo les comentaré una escena donde alguien se cruza con el niño y el chico le pregunta: “¿Tú eres de los que come gente?”. “No”. “¿Llevan ustedes el fuego?”. “¿Qué fuego”. “El fuego…” (y se toca el pecho con los dedos mugrientos que le asoman del guante roto). “Hijo, creo que estás jodido de la cabeza”.
Cuando los créditos aparecen en pantalla uno se queda con un hueco en la barriga del tamaño de un agujero negro de esos que tragan soles y planetas. El vacío, la incertidumbre, la desesperanza. ¿Será que uno también porta el fuego? ¿Será que los malos están convencidos de que el fuego lo llevan ellos? ¿Tendrá algún sentido empeñarse en llevar el fuego?
Me pongo los audífonos para no pensar, para olvidarme de Hobbes, de la carretera, de los mundos que no valen la pena ser vividos; mejor me lleno de ruido y de música. Pongo el aparato en su función random para que él escoja por mí lo que vamos a escuchar. Cae en una canción que tengo veinte años que no oigo, reconozco la voz cavernosa, oscura y con aliento a tabaco del cantante de los Sisters Of Mercy (qué bien –pienso, convencido de que la carretera se ha quedado atrás- es descubrir que a uno todavía le gusta la misma música que a los 17; es una evidencia de congruencia, o de que uno realmente no cambia… o de inmadurez (ya debería estar oyendo boleros y música clásica, pero nada). Y en eso me doy cuenta de que estoy cantando a viva voz el coro: “Would you carry the torch for me?”

¿Llevarías la antorcha por mí? Imaginen eso, qué vértigo, esa pregunta es metafísica.

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